Octubre

Así le cantó Juan Ramón Jiménez al mes que hoy comienza. Yo comparto sus palabras para desearles a todos que tengan un bellísimo octubre:

Estaba echado yo en la tierra, enfrente 
del infinito campo de Castilla, 
que el otoño envolvía en la amarilla 
dulzura de su claro sol poniente.
Lento, el arado, paralelamente
abría el haza oscura, y la sencilla
mano abierta dejaba la semilla
en su entraña partida honradamente.
Pensé arrancarme el corazón, y echarlo,
pleno de su sentir alto y profundo,
al ancho surco del terruño tierno;
a ver si con romperlo y con sembrarlo,
la primavera le mostraba al mundo
el árbol puro del amor eterno.

Música y literatura

Y siguiendo lo prometido en el programa de hoy de "En busca del cuento perdido", compartimos las bandas de las que hablamos y cuyos nombres están tomados de la literatura. ¡Que las disfruten!!

Steppenwolf



Belle and Sebastian



Modest Mouse


Extraños en un tren

Queridos todos,

Tal como lo prometimos hoy en"En busca del cuento perdido", comparto con ustedes el audio de la ficción sonora que realizó Radio Nacional de España basada en la novela de Patricia Highsmith (y en la película de Alfred Hitchcock) Extraños en un tren. Ojalá la disfruten. A mí me encantó!

http://mvod.lvlt.rtve.es/resources/TE_SFSFICO/mp3/0/4/1309514081840.mp3



LEONARD COHEN



Como lo prometimos en el programa de hoy de "En busca del cuento perdido", aquí está el discurso pronunciado por Leonard Cohen al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2011
Majestad, Altezas, Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades,
Miembros del Jurado,
Distinguidos premiados,
Señoras y señores,
Es un gran honor estar aquí ante ustedes esta noche. Quizás, como el gran maestro Riccardo Muti, no estoy acostumbrado a estar ante un público sin orquesta tras de mí, pero lo haré lo mejor que pueda como artista en solitario hoy.
Anoche me quedé en vela, pensando qué podía decir aquí, en esta asamblea de distinguidas personas. Y después de comerme todas las chocolatinas, todos los cacahuetes del minibar, garabateé unas pocas palabras. No creo que tenga que hacer referencia a ellas. Obviamente, estoy muy emocionado por ser reconocido por la Fundación. Pero he venido aquí esta noche para expresar otra dimensión de mi gratitud; creo que puedo hacerlo en tres o cuatro minutos y voy a intentarlo.
Cuando estaba haciendo el equipaje en Los Ángeles, tenía cierta sensación de inquietud porque siempre he sentido cierta ambigüedad sobre un premio a la poesía. La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Así que me siento como un charlatán al aceptar un premio por una actividad que yo no controlo. Es decir, si supiera de dónde vienen las buenas canciones, me iría allí más a menudo.
Mientras hacía el equipaje, cogí mi guitarra. Tengo una guitarra Conde que está hecha en el gran taller de la calle Gravina, 7, en España. Es un instrumento que adquirí hace más de 40 años. La saqué de la caja, la alcé, y era como si estuviera llena de helio, era muy ligera. Y me la acerqué a la cara, miré de cerca el rosetón, tan bellamente diseñado, y aspiré la fragancia de la madera viva. Ya saben que la madera nunca llega a morir. Y olí la fragancia del cedro, tan fresco como si fuera el primer día, cuando la compré. Y una voz parecía decirme: “Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a la tierra de donde surgió esta fragancia”. Así que vengo hoy, aquí, esta noche, a agradecer a la tierra y al alma de este pueblo que me ha dado tanto. Porque sé que un hombre no es un carnet de identidad y un país no es solo la calificación de su deuda.
Ustedes saben de mi profunda conexión y confraternización con el poeta Federico García Lorca. Puedo decir que cuando era joven, un adolescente, y buscaba una voz en mí, estudié a los poetas ingleses y conocí bien su obra y copié sus estilos, pero no encontraba mi voz. Solamente cuando leí, aunque traducidas, las obras de Federico García Lorca, comprendí que tenía una voz. No es que haya copiado su voz, yo no me atrevería a hacer eso. Pero me dio permiso para encontrar una voz, para ubicar una voz, es decir, para ubicar el yo, un yo que no está del todo terminado, que lucha por su propia existencia. Y conforme me iba haciendo mayor comprendí que con esa voz venían enseñanzas. ¿Qué enseñanzas eran esas? Nunca lamentarnos gratuitamente. Y si uno quiere expresar la grande e inevitable derrota que nos espera a todos, tiene que hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y de la belleza.
Y entonces ya tenía una voz, pero no tenía el instrumento para expresarla, no tenía una canción.
Y ahora voy a contarles muy brevemente la historia de cómo conseguí mi canción.
Porque era un guitarrista mediocre, aporreaba la guitarra, solo sabía unos cuantos acordes. Me sentaba con mis amigos, mis colegas, bebiendo y cantando canciones, pero en mil años nunca me vi a mí mismo como músico o como cantante.
Pero un día, a principios de los 60, estaba de visita en casa de mi madre en Montreal. Su casa está junto a un parque y en el parque hay una pista de tenis y allí va mucha gente a ver a los jóvenes tenistas disfrutar de su deporte. Fui a ese parque, que conocía de mi infancia, y había un joven tocando la guitarra. Tocaba una guitarra flamenca y estaba rodeado de dos o tres chicas y chicos que le escuchaban. Y me encantó cómo tocaba. Había algo en su manera de tocar que me cautivó. Yo quería tocar así y sabía que nunca sería capaz.
Así que me senté allí un rato con los que le escuchaban y cuando se hizo un silencio, un silencio apropiado, le pregunté si me daría clases de guitarra. Era un joven de España, y solo podíamos entendernos en un poquito de francés, él no hablaba inglés. Y accedió a darme clases de guitarra. Le señalé la casa de mi madre, que se veía desde las pistas de tenis, quedamos y establecimos el precio de las clases.
Vino a casa de mi madre al día siguiente y dijo: “Déjame oírte tocar algo”. Yo intenté tocar algo, y él dijo: “No tienes ni idea de cómo tocar, ¿verdad?”. Yo le dije: “No, la verdad es que no sé tocar”. “En primer lugar déjame que afine la guitarra, porque está desafinada”, dijo él. Cogió la guitarra y la afinó. Y dijo: “No es una mala guitarra”. No era la Conde, pero no era una guitarra mala. Me la devolvió y dijo: “Toca ahora”. No pude tocar mejor, la verdad.
Me dijo: “Deja que te enseñe algunos acordes”. Y cogió la guitarra y produjo un sonido con aquella guitarra que yo jamás había oído. Y tocó una secuencia de acordes en trémolo, y dijo: “Ahora hazlo tú”. Yo respondí: “No hay duda alguna de que no sé hacerlo”. Y él dijo: “Déjame que ponga tus dedos en los trastes”, y lo hizo “y ahora toca”, volvió a decir. Fue un desastre. “Volveré mañana”, me dijo.
Volvió al día siguiente, me puso las manos en la guitarra, la colocó en mi regazo, de manera adecuada, y empecé otra vez con esos seis acordes –una progresión de seis acordes en la que se basan muchas canciones flamencas–. Lo hice un poco mejor ese día. Al tercer día la cosa, de alguna, manera mejoró. Yo ya sabía los acordes. Y sabía que aunque no podía coordinar los dedos para producir el trémolo correcto, conocía los acordes, los sabía muy, muy bien.
Al día siguiente no vino, él no vino. Yo tenía el número de la pensión en la que se hospedaba en Montreal. Llamé por teléfono para ver por qué no había venido a la cita y me dijeron que se había quitado la vida, que se había suicidado.
Yo no sabía nada de aquel hombre. No sabía de qué parte de España procedía. Desconocía porqué había venido a Montreal, porqué se quedó allí. No sabía porqué estaba en aquella pista de tenis. No tenía ni idea de porqué se había quitado la vida. Estaba muy triste, evidentemente.
Pero ahora desvelo algo que nunca había contado en público. Esos seis acordes, esa pauta de sonido de la guitarra han sido la base de todas mis canciones y de toda mi música. Y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de mi gratitud a este país.
Todo lo que han encontrado de bueno en mi trabajo, en mi obra, viene de este lugar. Todo lo que ustedes han encontrado de bueno en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra.
Y, por tanto, les agradezco enormemente esta cálida hospitalidad que han mostrado a mi obra, porque es realmente suya, y ustedes me han permitido añadir mi firma al final de la página.
Muchas gracias, señoras y señores.

Feliz cumpleaños a la gran Rosario Castellanos

Hoy, 25 de mayo, Rosario Castellano hubiera cumplido noventa años.
¿Me dejan hacer una pequeña confesión? La verdad es que me cuesta pensar mi relación con la literatura mexicana sin sus libros. Su Meditación en el umbral es casi un himno para muchas de nosotras. Balún Canán me enseñó uno de los rostros más dolorosos y entrañables de este país. Siempre digo que es uno de las obras que me cambió la vida.
Son muchas las páginas escritas por ella que me han acompañado a lo largo de los años. Tenía una sensibilidad fuera de lo común que se siente en cada una de sus palabras. Es una de esas escritoras que da ganas no sólo de leer sino también de abrazar.
El abrazo va ahora para Gabriel Guerra Castellanos y para Martín.

  
Meditación en el umbral

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

¡Feliz día!

¡Feliz día a todas las mamás!
Y al decirlo pienso en todas aquellas que lo son por amor y vocación.
Pienso en la mía, claro, a la que extraño cada día.
Pienso en mis amig@s querid@s que también extrañan a la suya.
Pienso en las mamás que pueden abrazar a sus hijos. Pero también en aquellas otras que no pueden hacerlo. En las que sufren, pero luchan y no se dan por vencidas.
Pienso en Estela de Carlotto y en todas las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo. Pienso en las miles de madres mexicanas que buscan a sus hijos.
Pienso en los millones de madres que quisieran darles a sus hijos una vida mejor. En las que trabajan de sol a sol, en las que acarrean agua a lo largo de kilómetros, en las siguen pidiendo centros de salud y escuelas, en las de la triple y cuádruple jornada.
Pienso en mis amigas queridísimas que han elegido no ser mamás y que tienen que enfrentarse todos los días a convencionalismos y prejuicios.
Pienso en la maravilla de vivir en una ciudad en que las mujeres pueden decidir libremente si ser o no ser mamás.
En fin... todo eso es el 10 de mayo para mí. 

¡Felicidades! Las quiero!

Antología de Spoon River


Déjenme contarles que este 2015 se cumplen cien años de la publicación de un libro de poesía excepcional; me refiero a la Antología de Spoon River, escrita por Edgar Lee Masters (Kansas, 1868 - Pensilvania, 1950). Una obra poética en la que los muertos de un pequeño pueblo llamado Spoon River tienen la palabra; tal como años después pasaría con Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Comparto con ustedes una pequeña selección de los poemas, tal como lo prometimos en el programa del martes pasado.







Antología de Spoon River
Edgar Lee Masters
Selección para En busca del cuento perdido


Roscoe Purkapile
Ella me amaba. ¡Oh, cómo me amaba!
No logré nunca esquivarla
desde el día en que me vio por vez primera.
Pero después, cuando nos casamos, pensé
que podría demostrar su mortalidad y dejarme libre,
o que podría divorciarse de mí.
Pero pocas mueren, ninguna renuncia.
Entonces me escapé y anduve un año de parranda.
Sin embargo nunca se lamentó. Decía que todo andaría
bien, que yo volvería. Y volví.
Le dije que mientras remaba en un bote
había sido capturado cerca de la calle Van Buren
por piratas del lago Michigan,
y atado con cadenas, así que no pude escribirle.
¡Ella lloró y me besó, y dijo que era cruel,
ultrajante, inhumano!
Comprendí entonces que nuestro matrimonio
era un designio divino
y no podría ser disuelto
sino por la muerte.
Tuve razón.

Mrs. Purkapile
Huyó y se fue por un año.
Al volver a casa me contó la tonta historia
de su rapto por piratas del lago Michigan,
de modo que no pudo escribirme, amarrado con cadenas.
Fingí creerle, aunque sabía muy bien
qué había estado haciendo, que de tanto en tanto
se encontraba con la señora Williams, la sombrerera,
cuando ella iba a la ciudad a comprar géneros, según decía.
Pero una promesa es una promesa,
y el matrimonio es el matrimonio,
y por el respeto que me debo a mí misma
no quise ser arrastrada al divorcio
por las tretas de un esposo simplemente
aburrido del voto y del deber conyugal.

Benjamin Pantier
Yacen juntos en esta tumba Benjamin Pantier, procurador,
y Nig, su perro, fiel camarada, consuelo y amigo.
Por el largo camino gris, amigos, niños, hombres y mujeres,
abandonando uno a uno la vida, me dejaron hasta quedarme
solo con Nig como socio, compañero en el lecho y en la bebida.
En la mañana de la vida conocí aspiraciones y entreví la gloria.
Luego ella, que me sobrevive, estranguló mi alma
con un lazo que me desangró hasta morir,
y desde entonces yo, en otros tiempos resuelto, yazgo destrozado, indiferente,
viviendo en la trastienda de una sombría oficina.
Debajo de mi mandíbula se apoya la huesuda nariz de Nig;
nuestra historia se pierde en el silencio. ¡Pasa, loco mundo!

Mrs. Benjamin Pantier
Sé bien que él decía que estrangulé su alma
con un lazo que lo desangró hasta morir.
Y todos los hombres lo quisieron
y muchas mujeres lo compadecieron.
Pero supongamos que sois una dama de verdad, y de gustos delicados,
y que detestáis el olor del whisky y de la cebolla.
Y que el ritmo de la “Oda” de Wordsworth os acaricie los oídos,
mientras de la mañana a la noche él
va repitiendo trozos de esta vulgar sentencia:
“¿Oh, por qué será tan orgulloso el espíritu de los mortales?”
Y supongamos, además:
que seáis una mujer bien dotada,
y que el único hombre con quien la ley y la moral
os permiten tener relaciones conyugales
es precisamente aquel que os repugna
cada vez que pensáis en ello, ¡y lo pensáis
cada vez que lo veis!
Es por eso que lo eché de casa
a vivir con su perro en un cuarto sombrío
en la trastienda de su oficina.

Reuben Pantier
Y bien, Emily Sparks, tus plegarias no fueron estériles,
tu amor no fue del todo en vano.
Debo cuanto fui en vida
a tu esperanza que no quiso abandonarme,
a tu amor que no obstante me consideró bueno.
Querida Emily Sparks, deja que te cuente la historia.
Paso por alto la influencia de mi padre y de mi madre;
la hija de la sombrerera me creó dificultades
y me fui por el mundo,
donde atravesé todos los conocidos peligros
del vino y las mujeres y la alegría de vivir.
Una noche, en un cuarto de la rue de Rivoli,
me encontraba bebiendo vino con una cocotte ojinegra,
y las lágrimas resbalaban de mis ojos.
Ella pensó que eran lágrimas de amor y sonreía
ante la idea de haberme conquistado.
Pero mi alma estaba a tres mil millas de distancia,
en los días en que me enseñabas en Spoon River.
Y precisamente porque ya no podías amarme,
ni rogar por mí, ni escribirme cartas,
en vez de ti habló tu eterno silencio.
Y la cocotte ojinegra atribuyose para sí las lágrimas,
tanto como los engañosos besos que yo le daba.
Por alguna razón, desde aquel instante, tuve una nueva visión;
¡querida Emily Sparks!

Emily Sparks
¿Dónde está mi muchacho, mi muchacho,
en qué distante lugar del mundo?
¿El muchacho que amé más que a todos en la escuela?;
yo, la maestra, la vieja solterona, el corazón virgen,
que de todos había hecho mis hijos.
¿Juzgué acertadamente a mi muchacho,
considerándolo un espíritu ardiente,
activo, ambicioso?
¿Oh, muchacho, muchacho, por quien recé y recé
en tantas horas en vela por la noche,
recuerdas la carta que te escribí
sobre la belleza del amor de Cristo?
¡Y las hayas recibido o no,
muchacho mío, dondequiera estés,
haz algo por la salvación de tu alma,
para que todo tu barro, toda tu escoria,
sucumban al fuego,
hasta que el fuego no sea sinp luz!
¡No sea sino luz!

Lois Spears
Yace aquí el cuerpo de Lois Spears,
nacida de Lois Fluke, hija de Willard Fluke,
esposa de Cyrus Spears,
madre de Myrtle y Virgil Spears,
niños de ojos claros y miembros sanos;
(yo nací ciega).
Fui la más dichosa de las mujeres
como esposa, como madre y ama de casa,
ocupándome de los que amaba
y haciendo de mi hogar
un sitio de orden y de generosa hospitalidad:
porque andaba por los cuartos
y por el jardín
con un instinto tan infalible como la vista,
como si tuviera los ojos en las puntas de los dedos;
Gloria a Dios en los cielos.

Williard Fluke
Mi esposa perdió su salud,
y se consumió hasta pesar apenas cuarenta kilos.
Entonces aquella mujer, a quien los hombres
denominaron Cleopatra, apareció.
Y nosotros, que éramos casados,
rompimos todo nuestros votos, yo junto con el resto.
Pasaron los años y uno a uno
la muerte los reclamó a todos en las formas más espantosas,
y yo me dejé llevar por el sueño
de una particular Gracia de Dios hacia mí,
y comencé a escribir, escribir, escribir, resmas y resmas
sobre la segunda venida de Cristo.
Luego Cristo se me apareció y dijo,
“Ve a la iglesia y ante la congregación
confiesa tu pecado”.
Pero justo alzarme y comenzar a hablar
vi a mi hijita, sentada en el banco de enfrente;
¡mi hijita que había nacido ciega!
¡Después de aquello, todo es tinieblas!

Nellie Clark
Tenía solamente ocho años;
y antes de crecer y comprometer el significado
no tuve palabras para eso, fuera
de que estaba aterrorizada y se lo conté a mi madre;
y de que mi padre tomó una pistola
y hubiera matado a Charlie, ya un muchachón
de quince años, excepto para su madre.
No obstante la historia quedó unida a mí.
Pero el hombre que se casó conmigo, un viudo de treinta y cinco años,
era un recién llegado y nunca se enteró
hasta dos años después de matrimonio.
Entonces se consideró defraudado,
y el pueblo convino en que en realidad yo no era virgen.
Bien, me abandonó, y yo morí.

William y Emily
¡Hay algo en la Muerte
que es como el mismo amor!
Si con aquel con quien conocimos la pasión
y el calor del amor juvenil,
también, después de años
de vida en común, sentimos el apagarse de la llama,
y que juntos nos extinguimos
poco a poco, suavemente, delicadamente, como si, uno en brazos del otro,
fuéramos saliendo del cuarto íntimo.
¡Es decir, un poder de armonía entre las almas
que es como el mismo amor!

Sonia la Rusa
Yo, nacida en Weimar
de madre francesa
y padre alemán, un profesor muy docto,
huérfana a los catorce años,
me hice bailarina, conocida como Sonia la Rusa,
siempre de un lado a otro por los bulevares de París,
amante al principio de varios duques y condes,
y luego de artistas pobres y poetas.
A los cuarenta años, passée, visité Nueva York
y encontré en el barco al viejo Patrick Hummer,
rubicundo y vigoroso, aunque anduviera por los sesenta,
que regresaba de vender un cargamento
de ganado en Alemania, en Hamburgo.
Me llevó a Spoon River y vivimos aquí
durante veinte años; ¡la gente creía que estábamos casados!
Esta encina cercana a mí es la guarida preferida
de grajos azules que parlotean, parlotean todo el día.
¿Y por qué no? También mi polvo se ríe
pensando en esa cosa humorística llamada vida.

Amos Sibley
Ni carácter, ni fortaleza, ni paciencia,
poseí, aunque la aldea creyó que los tuviera
para soportar a mi mujer, mientras predicaba
realizando la labora a la que Dios me había destinado.
La detestaba como a una arpía, una disoluta.
Conocía todos sus adulterios, uno a uno.
Pero a pesar de eso, si me divorciaba
debía abandonar el sacerdocio.
¡Por consiguiente, para cumplir la misión del Señor
y cosechar los frutos, fui indulgente con ella!
¡Así me mentí a mí mismo!
¡Así mentí a Spoon River!
Sin embargo me propuse dar conferencias, me presenté como candidato a la legislatura,
investigué en libros, con un único pensamiento en la mente:
si de este modo hago dinero, me divorcio de ella.

Mrs. Sibley
El secreto de las estrellas: la gravitación.
El secreto de la tierra: estratos de roca.
El secreto del suelo: recibir la semilla.
El secreto de la semilla: el germen.
El secreto del hombre: sembrar.
El secreto de la mujer: el suelo.
Mi secreto: debajo de un túmulo que jamás descubriréis.

Elsa Wertman
Yo era una campesina alemana
de ojos azules, rosada, feliz y robusta.
Y el primer lugar donde trabajé fue en lo de Thomas Greene.
Un día de verano, cuando ella había salido,
Thomas Greene se deslizó en la cocina
me agarró entre sus brazos y me besó en el cuello,
y yo perdí la cabeza. Después ninguno de los dos
pareció darse cuenta de lo ocurrido.
Y yo lloraba por lo que sería de mí.
Y lloraba y lloraba a medida que mi secreto comenzaba a notarse.
Un día la señora Greene me dijo que había comprendido
y que no se disgustaría conmigo,
y, como no tenía hijos, que lo adoptaría.
(Él le había dado una finca para que se callara).
Así, se recluyó en la casa y difundió rumores,
como si lo que ocurría fuera a sucederle a ella.
Y todo anduvo bien y el niño nació. ¡Fueron tan gentiles conmigo!
Más tarde me casé con Gus Wertman, y los años pasaron.
Pero en las reuniones políticas, cuando los asistentes creían
que yo lloraba por la elocuencia de Hamilton Greene,
no era eso.
¡No! Hubiera querido gritar:
“¡Ese es mi hijo! ¡Ese es mi hijo!”

Hamilton Greene
Fui el único hijo de Frances Harris, de Virginia,
y Thomas Greene, de Kentucky,
de valerosa y honorable estirpe ambos.
A ellos les debo todo lo que llegué a ser,
juez, miembro del Congreso, personaje del gobierno.
De mi madre heredé
vivacidad, fantasía, elocuencia;
de mi padre voluntad, juicio, lógica.
¡Honor a ellos
por cuanto pude ayudar al pueblo!


Sor Juana: el amor, el deseo, la libertad de las palabras

Hoy, 17 de abril, se conmemoran 320 años de la muerte de Sor Juana Inés de la Cruz. ¿Qué mejor que recordarla y celebrarla con poesía? Aquí van dos de mis poemas favoritos:



*
Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones veía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;

y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía:
pues entre el llanto, que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste:
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu inquietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

*
Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

¡¡Programa número 50!!

¡¡El martes se transmitió nuestro programa número 50 (del "Tomo 2") de nuestro "En busca del cuento perdido"​!! Gracias a todos ustedes por acompañarnos semana a semana.
En pocos meses haremos fiesta por los ¡5 años al aire!
¡Gracias a Alberto Ruy Sánchez​ por haber sido ayer parte del festejo!
¿Les paso el podcast? ¡Vale la pena!

 http://www.ivoox.com/a-101-anos-del-nacimiento-octavio-paz-audios-mp3_rf_4315669_1.html



Memoria y poesía: homenaje a Juan Gelman

El 24 de marzo pasado se cumplieron 39 años del golpe de Estado que impusiera en la Argentina la más sangrienta de sus dictaduras militares: la de los 30 mil desaparecidos, la de los miles de exiliados, la de los torturados, los asesinados, la censura, las prohibiciones, el miedo.

Una de las víctimas del gobierno militar fue el poeta Juan Gelman, y por eso quisimos conmemorar tan infausta fecha, dedicándole la emisión completa de "En busca del cuento perdido". Quisimos así compensar con la mejor poesía tanto dolor.

Para ello, invitamos a algunos amigos queridos del mundo de la cultura a que leyeran un poema Gelman. Este enlace que hay a continuación nos lleva a las lecturas de:
Marisol Gasé
José María Espinasa
Fabio Morábito
Jorge F. Hernández
Paco Ignacio Taibo II
Hernán Bravo Varela

Gracias a todos ellos y ¡que lo disfruten!

 https://soundcloud.com/enbuscadelcuentoperdido/sets/memoria-y-poesia-homenaje-a-juan-gelman

La muerte tiene permiso

Queridos todos,

Aquí está el enlace al cuento "La muerte tiene permiso" de Edmundo Valadés del que hablamos en el programa de hoy. ¡Que lo disfruten!

http://www.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/derhum/cont/35/pr/pr34.pdf


Fotos de Rogelio Cuéllar

Tal como lo propuso el propio Rogelio en "En busca del cuento perdido" de hoy, aquí están las fotos sobre las cuales nos gustaría que escribieran un pequeño texto:

Dolores Castro en un bosque que es papel tapiz.
José Emilio Pacheco en un mar que no es mar.
Esther Seligson en un desierto que no es desierto, y en el que, a pesar de su nombre, no hay leones.

¿Qué pueden contar de alguna de las fotos (o de todas)?






¡Feliz cumpleaños al genial James Joyce!

El 2 de febrero de 1882 nacía en Dublín, el genial James Joyce.

Para celebrarlo, les propongo ver este documental (partes 1 y 2). ¡Qué lo disfruten!




Tenga para que se entretenga

Queridos amigos de "En busca del cuento perdido",

Tal como lo prometimos en el programa de anoche, aquí va el enlace para que puedan leer completo el cuento de José Emilio Pacheco "Tenga para que se entretenga".

http://goo.gl/g5eLRk

¡Que lo disfruten!

Fotografía tomada de la versión electrónica de la revista Proceso del 31 de enero de 2014

"El gato negro"

Queridos amigos de "En busca del cuento perdido", les dejo aquí la versión completa del cuento "El gato negro" de Edgar Allan Poe con el que celebramos el martes 13.
¿Quién dijo miedo????





El gato negro

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

¡Felicidades!

¡Feliz año a todos ustedes, queridos amigos! Espero que hayan empezado bien este ya turbulento 2015.

Una amiga me mandó este mensajito que me gustó mucho y por eso quisiera compartirlo con ustedes:


Que en 2015 se cumplan casi todos nuestros deseos, menos los de venganza. 
Que el tiempo corra a la medida de nuestros pasos. 
Que amemos todo lo que podamos y que nos amen más todavía. 
Que tengamos algún pecho calentito donde descansar –sea fraterno, materno, amistoso o amoroso- y que las penas y las alegrías sean compartidas, para soportarlas o gozarlas.